La última oportunidad de Mariano Rajoy

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JORGE ARÉVALO

Hace ahora seis años, en los primeros meses dramáticos de su Gobierno, Mariano Rajoy sacó el hacha de los recortes sin avisar ni siquiera a los suyos. Los presidentes autonómicos del PP se enteraban por la prensa o por los comunicados oficiales de La Moncloa. Una noche se anunció de forma inesperada y a traición un recorte de 10.000 millones en educación y sanidad para calmar a los mercados, que habían situado la prima de riesgo española en los 400 puntos. Ante las airadas protestas de sus presidentes de comunidades, Rajoy convocó una reunión para que la vicepresidenta y los ministros de Economía y Hacienda aclararan a los barones del PP que tenían que apretarse el cinturón sí o sí. Asumiendo, por tanto, las consecuencias políticas en forma de enfado ciudadano. En ese encuentro celebrado en la sede del partido, los presidentes autonómicos -uno por uno- echaron la culpa de los males del Gobierno a la política de comunicación. Con todo respeto. “El equipo de Comunicación de La Moncloa tiene que hacer una reflexión”. “Pido que seamos cuidadosos con los mensajes, no podemos culpar a los enfermos del elevado gasto sanitario”. “Nos estamos alejando de la gente, tenemos un problema serio de comunicación”. “El Gobierno lo está haciendo bien, pero no tenemos ni idea de cómo comunicarlo, con qué discurso, no sabemos explicar ni el cómo ni el por qué”. “No podemos ser un partido de tecnócratas. Tenemos que hacer política”.

Han pasado seis años de aquel trance, muchas vicisitudes y un cambio en el sistema político español. El PP ha logrado conservar el Gobierno, pero con una minoría parlamentaria que mantiene inerte su actuación política. No hay iniciativa legislativa, no hay reformas, ni siquiera hay Presupuestos. Pero el debate en el PP es el mismo. Tecnocracia frente a política. Un Gobierno sin política y un partido sin gobierno. Muchos ministros con perfil funcionarial y sin pizca de ganas de bregarse en el combate político. El mensaje que salió del último Comité de Dirección era el mismo que hace seis años: lo hacemos bien, pero lo comunicamos mal. Sin embargo, esta vez las cosas van en serio. Todos los dirigentes del PP comparten la idea de que no puede haber buena comunicación si no hay política que comunicar. Y no la hay. Una simple nevada que provoca el caos en una autopista puede dejar al desnudo el funcionamiento interno de un Gobierno y a los ministros del Interior y de Fomento. Así como las rencillas en el seno del Ejecutivo. Mientras que unos cargaban las responsabilidades en el ministro Zoido y en su imprudente y arrogante director general de Tráfico, otros responsabilizaban al ministro de Fomento, Íñigo de la Serna. En este sentido, ha sido muy comentada la ofensiva de María Dolores de Cospedal en defensa del ministro del Interior.

Más allá de estos lances de camarillas internas, esta vez las cosas van muy en serio. El miedo y la pesadumbre hacen estragos en el PP. La escalada de intención de voto de Ciudadanos ha sido detectada también en los estudios sociológicos del asesor Pedro Arriola. En las ciudades grandes y también en las medianas. En comunidades clave como Madrid, Valencia o Andalucía. Este periódico ya dio cuenta el pasado domingo de la petición unánime de los barones del PP a Mariano Rajoy para que haga política. No es la primera vez que se lo reclaman, pero es la ocasión en la que tienen más miedo en el cuerpo. Falta poco menos de un año para las elecciones autonómicas y municipales y el PP siente que sus votantes se le escapan. De cada cuatro votantes que gana Ciudadanos, 2,5 proceden del PP. El abismo está a la vuelta de la esquina. Y si el PP pierde las elecciones de 2019, irá al matadero en las generales, sean cuando sean.

El transcurso de los días ha elevado el pesimismo interno. La mayoría de los dirigentes consultados por este diario consideran imprescindible un cambio de Gobierno y/o en la dirección del partido. Pero también muestran su decepción al no apreciar en su presidente una actitud receptiva para proceder a un cambio de ministros. La tesis imperante es que “Mariano Rajoy tiene una última bala, la última oportunidad de reaccionar para salvar al PP de la quema, haciendo política y cambiando las caras”. Los más veteranos temen que “el PP acabe siendo AP y Ciudadanos se convierta en la UCD“. Lo cual, de suceder, bien podría calificarse de justicia poética.

La reflexión, muy general, se puede resumir así en palabras de los propios dirigentes del PP. “La fortaleza de Ciudadanos ha encendido las alarmas. Y aunque sigue siendo imposible que gane las elecciones, como dicen algunas encuestas, es verdad que estamos obligados a reaccionar. ¿Cómo? Haciendo política mañana, tarde y noche, dando la batalla ideológica y sacando al campo a jugar a los mejores. El PP no puede depender del resultado de otros. Tiene que depender de sí mismo. Tenemos que aprovechar nuestra implantación territorial y la ventaja de estar en el Gobierno. Tenemos que ser un partido reconocible para nuestros votantes. Y para eso es imprescindible que los ministros tengan un perfil netamente político”.

En la abulia del Gobierno se sitúa la verdadera madre del cordero de las dificultades políticas del PP, cuya máxima expresión fue la debacle en las elecciones catalanas. Los deseos de la inmensa mayoría de los dirigentes populares chocan con la concepción que Mariano Rajoy tiene de la política, del liderazgo y del papel de su Gobierno. También con las dificultades del presidente para nombrar y, sobre todo, destituir a sus colaboradores. Rajoy es el único primer ministro democrático del entorno europeo, y hasta mundial, que no cree en la opción de hacer una crisis de Gobierno para tomar impulso político cuando las circunstancias vienen mal dadas. Todos sus antecesores –Suárez, González, Aznar y Zapatero– utilizaron a menudo los cambios de refresco en el Ejecutivo -prescindiendo de los ministros quemados- como herramienta para salir de un atolladero político. Rajoy, sin embargo, siempre ha obviado esta posibilidad. Sus colaboradores aseguran que la resistente originalidad de su presidente se debe a que prefiere ministros que hagan buenos informes técnicos de la materia que corresponda a otros que tengan más proyección política. Tampoco se ha atrevido el líder del PP a abordar el -ya casi- eterno problema político en la dirección del partido, que es la ausencia de una secretaria general a tiempo completo. María Dolores de Cospedal compatibiliza el puesto con el Ministerio de Defensa y la Presidencia del PP de Castilla-La Mancha.

Muchos dirigentes del PP que reclaman estos cambios vuelven sus ojos hacia líderes como el presidente gallego Alberto Núñez Feijóo o e actual líder del PP vasco, Alfonso Alonso, dos personas que considerarían adecuadas para incorporarse al Gobierno y/o a la dirección del PP.

La esperanza de que Mariano Rajoy anunciara cambios en su equipo mañana ante la Junta Directiva del PP ha quedado frustrada. Como mucho, cambiará a su jefe de Gabinete, y eso porque Jorge Moragasrenunció para irse a Nueva York. Según todas las fuentes, el presidente del PP optará por anunciar las tradicionales convenciones de partido en las que se pretende actualizar la oferta programática e ideológica, y quizá por adelantar la elección de candidatos a las municipales. Algo que a todas luces se considera insuficiente en el PP para hacer frente al empuje de Ciudadanos.

Acostumbrado siempre a remar contra corriente, Mariano Rajoy pedirá confianza a los suyos en su visión de la jugada. Con en argumento definitivo de que hasta ahora, no les ha ido mal con él. Entre los elementos positivos con los que trabaja la dirección del PP están los estudios demoscópicos en los que Rajoy es el líder más valorado por los votantes del partido. Por supuesto en comparación con los de otras formaciones como Albert Rivera, pero también en relación con otros dirigentes del PP, como por ejemplo Alberto Núñez Feijóo.

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