El Atlético de Simeone: marcar, resistir y vencer

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Kevin Gameiro en el disparo que puso el único gol en Ipurua. Javier EtxezarretaEFE

No es muy atrevido presuponer que, cuando los jugadores del Atlético salieron a Ipurua, lo hicieron sabiendo que el Real Madrid había vuelto a pinchar, conscientes de que un triunfo les iba a afianzar en la segunda plaza, dejando al eterno rival a 10 puntos de distancia. No es muy atrevido presuponer, en definitiva, que la motivación en el vestuario visitante de Ipurua era máxima. Eran tres puntos a ganar por lo civil o por lo criminal. Sí o sí. [Narración y estadísticas del Eibar-Atlético de Madrid: 0-1]

Por eso, seguramente, poco le importó al Atlético la forma en que venció. Dejó en Eibar una imagen rácana, indigna de un equipo de su categoría y encumbró a un rival que se fue ovacionado por los suyos pese a la derrota. Pero ganó, que era lo único que importaba. Es lo único que importa casi siempre. Lo hizo con su receta más tradicional. Marcar pronto, resistir las acometidas del rival e irse a la ducha. El ‘unocerismo’ que ha encumbrado a este equipo en el último lustro en su vertiente más exagerada.

Sin Diego Costa, castigado por su irresponsable decisión de celebrar un gol abrazado a la grada, Gameiro ocupó la plaza que el hispanobrasileño parece tener ya ganada en prioridad. La ausencia de Arbilla, el central más rápido del Eibar, invitaba a Simeone a confiar en la velocidad de la dupla francesa que forma con Griezmann. Por detrás, las bandas fueron para Correa y Koke, con Saúl y Thomas en la parcela central ante la ausencia de Gabi.

El esquema del partido quedó definido enseguida. Era el Eibar el que iba a tener el balón la mayor parte del tiempo, más obligado por el Atlético que por voluntad propia, y los de Simeone se iban a dedicar a alejarlo lo máximo posible de la portería. En 10 minutos, los rojiblancos se convencieron de la idoneidad de su plan al gozar de dos claras ocasiones al contragolpe, ambas por Griezmann como ejecutor y un incisivo Vrsaljko de escudero.

Ni Correa primero, ni Koke después acertaron con la portería de Dmitrovic, pero sí lo hizo Gameiro. En esta ocasión, cerca de la media hora de juego, fue Saúl el que lanzó la carrera de Griezmann, que asistió a su compatriota con un pase de la muerte. El gol era más fácil meterlo que fallarlo, pero, unido al de martes frente al Lleida, le sirve al ex del Sevilla como reivindicación frente al ‘tsunami’ Costa.

El Atlético tenía ya el botín que buscaba y sólo le preocupaba mantenerlo. El Eibar era incapaz de encontrar su profundidad habitual por las bandas y se sentía minimizado ante un rival muy sólido atrás que no le dejaba ni oler el área.

Mendilibar veía que su equipo no iba a ningún sitio tal y como estaba y decidió quemar en el descanso su mejor comodín. Tras debutar la semana anterior con un gol en el primer balón que tocó, el técnico vasco decidió apostar por Orellana en detrimento de Alejo, amonestado y desesperado por un gran Lucas.

Con la entrada del chileno, el Eibar se revolucionó. Fue un verso suelto, partiendo de la banda pero casi siempre por dentro, que el Atlético no supo cómo contrarrestar. Orellana agitó la coctelera, acercó a su equipo al área y borró del mapa al conjunto de Simeone, que a duras penas superaba el centro del campo de tanto en cuanto.

Fue una segunda parte de dominio total de los guipuzcoanos, que sin duda merecieron empatar. Pero unas veces su falta de puntería y muchas otras la descomunal labor de Oblak -un día más en la oficina para el esloveno- le iba a dejar sin premio mientras Simeone replegaba a su equipo: primero entró Carrasco por Correa y luego Augusto por Gameiro.

Cuando quiso reaccionar, al Atlético se le había ido de las manos la situación. Desde el descanso, sólo Griezmann remató a la portería de Dmitrovic, en un contragolpe que el serbio desbarató con el pie. En la portería contraria, en cambio, se acumulaban las ocasiones: dos de Enrich, otro par de Oliveira, una de Inui, otra de Kike García… Una tortura a la que, sin saber muy bien cómo, el Atlético sobrevivió.

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