El ancla de la Monarquía

Detalle del Collar del Toisón de Oro que Felipe VI va impuso ayer a su hija, la Princesa Leonor. MariscalEFE

Los atributos simbólicos ligan pasado y presente de la Corona

Gracias a un vídeo que la BBC emitió por error en 2007, todos fuimos testigos del enojo monumental de la reina de Inglaterra con Annie Leibovitz mientras ésta le realizaba un retrato oficial en Buckingham. Isabel II iba ataviada con la pesada capa de la Orden de la Jarretera y llevaba la tiara Granny’s, un regalo de bodas de su abuela, la reina María. La fotógrafa se atrevió a sugerir que quizá podían probar un encuadre «sin la corona, menos elegante», ya que el vestido oficial resultaba ya «muy contundente». La soberana, atónita, le increpó: «¿Menos elegante? ¿Qué te has creído que es esto?».

La irritación de Su Majestad estaba más que justificada por la osada ignorancia de la artista, que probablemente no veía en todo aquel atuendo sino un disfraz. Y, sin embargo, cada lazo, cada condecoración, cada cinta cosida a la capa, y cada una de las perlas de la tiara tenían un significado histórico profundo que era justamente lo que Isabel II deseaba destacar en aquella fotografía para la posterioridad. La reina subraya en cada gesto que ella sólo es la depositaria temporal de un legado que asumió con la obligación de mantener, engrandecer y traspasar cuando llegue la hora a sus descendientes dinásticos.

Es éste un principio sustancial de la Monarquía, institución que a lo largo de los siglos ha sabido adaptarse a la evolución política hasta hacerse perfectamente compatible con la democracia. Pero pretender despojar a la Corona de sus tradiciones y atributos simbólicos más definitorios sería tanto como derribarla. De ahí que una de las primeras obligaciones del titular de cualquier dinastía sea respetar y hacer respetar el andamiaje ornamental y honorífico que distingue, con orgullo, a unas familias reales de otras.

En ese sentido, la imposición ayer por parte de Felipe VI a su primogénita, la Princesa de Asturias, del collar del Toisón de Oro -una de las órdenes de caballería más antiguas y prestigiosas del mundo- ha sido un acto de gran importancia con el que la Monarquía se afirma a sí misma como institución y que, al mismo tiempo, compromete a quien está llamada a ser la futura Reina de España a dedicar toda su vida a esa misión histórica. No hay cabida para el libre albedrío. Que la imposición se hiciera coincidir con el 50º cumpleaños del Rey y que haya sido el primer acto institucional con Leonor como protagonista son dos hechos que han contribuido a dar aún más realce al acto.

El Toisón de Oro no es una condecoración de España, sino de la Monarquía; la más alta que puede conceder el Rey. Y es muy apreciada en la escena internacional. Todos los jefes de Estado cuentan con distinciones para reconocer méritos y estrechar las relaciones bilaterales con otros mandatarios, que se entregan sobre todo con motivo de viajes al más alto nivel. Pero no todas esas distinciones, para entendernos, tienen el mismo caché.

La Orden del Toisón de Oro fue fundada en 1429 por Felipe el Bueno, duque de Borgoña. No tardaría en pasar a manos de los Habsburgo, al frente de la Monarquía hispánica desde Carlos I -o V de Alemania-. Los sucesivos titulares de la Corona española, hasta hoy, han ostentado el maestrazgo. En su momento, la potestad para concederlo le corresponderá a Doña Leonor. De momento, esta imposición la convierte en un eslabón más de la Historia de esta zarandada Nación.

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