Domesticar al tigre

ENRIC FONTCUBERTA / EFE

Uno de los rasgos principales del procés ha sido su tendencia al abismo. De ahí que sea relevante que Roger Torrent echara ayer el freno aplazando la investidura de Puigdemont. El presidente del Parlament pronunció un discurso incendiario -lo que envía a Santa Lucía a quienes quisieron ver tanto talante conciliador en su toma de posesión-, pero sin salirse de la ley: acató el auto del Tribunal Constitucional y evitó tirar para adelante con un Pleno que hubiera tenido las consecuencias penales que ya conoce su antecesora.

Conviene escardar los hechos. Escardar significa separar el grano de las hierbas nocivas. Se trata de una labor fatigosa, como saben todas las gentes de campo, pero ineludible. Retórica aparte, Torrent orilló la vía de la desobediencia, lo que ha hecho prender la mecha de la contienda fratricida en el independentismo. Es un triunfo sin paliativos del Estado, que ahora puede permitirse a través del manejo de los tiempos en el TC que Esquerra, Junts per Catalunya y la CUP se cuezan en la salsa de su frustración. El editor Eduard Voltas, uno de los mandos del generalato tuitero del separatismo, escribió: “Mientras no se renuncie a nada, pasar la pelota a campo contrario me parece inteligente”. La muchedumbre indepe, que ayer rodeó el Parlament -cerrando el círculo del cerco que precipitó a Artur Mas a echarse al monte-, sabe que si se trata de dilatar los tiempos, se acabó el cuento. Por muy débil que sea el partitocrático Estado español.

El monotema catalán ha virado de los días históricos de octubre a las semanas decisivas de las que hablaba Sergi Pàmies en una reciente columna. Ahora ni una cosa ni la otra. El problema de fondo sigue impertérrito: hay más de dos millones de catalanes convencidos de que la pertenencia a España supone una rémora insalvable. Sin embargo, el choque institucional, que empezó por agrietar al Estado y después a los catalanes, ha terminado enfrentando a los propios independentistas ante el riesgo de seguir engrosando la nómina de presos. La Justicia no cura, pero alivia.

ERC, con su presidente encarcelado, se encuentra atrapado entre la obsesión de JxCat en devolverle las “155 monedas de plata” y el deseo de domesticar al tigre de la farsa alrededor de la restitución del Govern “legítimo”. Esto explica el movimiento de Torrent, siguiendo la pauta que avanzó Tardà en La Vanguardia: marginar a Puigdemont endosando su sacrificio a la represión del Estado. Vistas las algaradas de anoche, no ha colado.

Aún es prematuro, pero el bloqueo tiene visos de acabar en otras elecciones. Ni vuelta a la normalidad ni fin del 155. Más matraca.

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