Correa y el ángel

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Correa, el pasado sábado, durante el partido de Liga ante el Getafe. EFE

A los 10 años falleció su padre y se tuvo que hacer cargo de la familia. A los 12 perdió a un hermano. En la adolescencia se le fueron muriendo los amigos: el que no caía por las drogas lo hacía de un disparo. A los 19 fue operado de un tumor en el corazón. En la madrugada del pasado 25 de junio, Luis, su hermano mayor, se levantó de la cama atormentado, caminó hasta un puente peatonal de una autopista de Rosario y se lanzó al vacío.

Si hay jugadores de la oca que siempre caen en la casilla del ganso, otros propenden a hacerlo en la del laberinto: Ángel Correa es de los segundos.

Correa tiene el mérito del que parte con mucha desventaja y termina llegando después de esquivar un campo de minas. «Te cuesta todo el doble, todos te tiran abajo. Todos te dicen que vas a terminar siendo un drogadicto o en la cárcel».

En la villa miseria La Granada, creció junto a la banda de los Monos, el cártel de Medellín argentino. Cada vez que los yonquis del barrio le veían romperla en un potrero, le aleccionaban contra las drogas: «Nunca te queremos ver con esto, vos tenés que dedicarte al fútbol. Si te vemos con esto, te matamos».

En el Atlético de Bud SpencerCosta y Terence HillGriezmann, hay un hueco para un secundario que -después de tanto ver llorar- tiene dos obsesiones: hacer reír a su madre y a la hija. El club no sólo le salvó la vida con el asunto del corazón en aquel reconocimiento médico, sino que hizo lo propio con el más delicado asunto de la cabeza: el chico ahora la tiene en su sitio.

Aseverar que el fútbol no es más que un deporte de 11 tipos contra otros 11 que se juega en calzoncillos equivale a sostener que la obra de Stefan Zweig sólo es tinta y papel.

La pregunta es qué habría sido de Mike Tyson sin un gimnasio y unos guantes, dónde estaría Keith Richards sin una guitarra o cómo sería la vida de tipos como Ángel sin una pelota.

Una vez le preguntaron a Correa -que ha confesado que de pequeño comía una vez al día- cómo digiere todo lo malo que le ha pasado si sólo tiene 22 años. Él tragó saliva. Luego contestó: «El fútbol es lo que me hace olvidar eso».

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